I had a flashback today as I was pulling down my underwear. I thought about that time you touched me and wasn't nice. But I guess it's fine. I thought of you, but I can't tell you because you'd laugh and I'd laugh too. I'm sorry. For real. We did have interesting conversations though. I still remember the time you told me about your dog named Hendrix. He couldn't play the guitar (I asked) but he sure was black. I heard he died. At least he's with Jimmy now.
"Who broke your heart?", the other one keeps asking. I won't tell him about you. Because he's not worth it. Because he's not you.
lunes, 4 de abril de 2011
Chuck
Somewhere between reading textsfromlastnight and chuck palahniuk,
I lost you.
I could go on and on about the complications of our choice,
yet I'm intrigued by your late behavior.
The haircut.
The outfits.
The drinking.
The coke.
It makes me think that,
after all,
you're having a harder time than I ever did.
And it makes me cry.
But don't worry,
they're happy tears.
I lost you.
I could go on and on about the complications of our choice,
yet I'm intrigued by your late behavior.
The haircut.
The outfits.
The drinking.
The coke.
It makes me think that,
after all,
you're having a harder time than I ever did.
And it makes me cry.
But don't worry,
they're happy tears.
jueves, 24 de marzo de 2011
Contradicciones etéreas
Yo quiero un tornillo que me juzgue
Quiero uno conciente, sabio, educado
Pero estamos sin tornillo, atolondrados de tal forma
Que nuestro destino yace en el pavimento
Dios olvidó un tornillo
Eso no era parte del plan
Ni parte del experimento álmico
Su mente se estaba desgarrando y caía en la mesa de trabajo
Pero yo ya no quiero un tornillo
Quiero ser más grande que Él
Pues si yo fuese Dios, no olvidaría un tornillo
(Bueno, tal vez olvidaría dos)
Volvería al principio, cuando éramos uno
Y voltearía a ver al ser y nos haría hermoso, perfecto
Con alma de ave y sin cerebro, para poder volar sin compañía
Pero, después de todo, ser destornillados nos da cierto encanto
Y con él, tal vez seríamos aburridos
¿Quién quiere paz mundial?
¿Quién no quiere un genocidio ocasional?
Yo no lloré por no tener tornillo
Sólo me alegro de que no nos falten más.
Quiero uno conciente, sabio, educado
Pero estamos sin tornillo, atolondrados de tal forma
Que nuestro destino yace en el pavimento
Dios olvidó un tornillo
Eso no era parte del plan
Ni parte del experimento álmico
Su mente se estaba desgarrando y caía en la mesa de trabajo
Pero yo ya no quiero un tornillo
Quiero ser más grande que Él
Pues si yo fuese Dios, no olvidaría un tornillo
(Bueno, tal vez olvidaría dos)
Volvería al principio, cuando éramos uno
Y voltearía a ver al ser y nos haría hermoso, perfecto
Con alma de ave y sin cerebro, para poder volar sin compañía
Pero, después de todo, ser destornillados nos da cierto encanto
Y con él, tal vez seríamos aburridos
¿Quién quiere paz mundial?
¿Quién no quiere un genocidio ocasional?
Yo no lloré por no tener tornillo
Sólo me alegro de que no nos falten más.
domingo, 6 de marzo de 2011
Carta de amor para nadie
Anoche soñé que era artista y lo amaba.
Nos gustaba fumar en la cama y bostezar en la iglesia
De su filosofía bajtiniana
De nuestros estornudos sincronizados
Estoy enamorada de quien no existe
Y quiero enrimarte
Y quiero enversarte
Quiero hacer miles de poemas sobre ti
De esos que no se entienden
De esos que no me gustan
Y que la gente los lea y pretenda entendernos
Pero
Después de todo,
tal vez sea yo la que no exista
Porque si tú eres nadie, yo soy nada.
14-Feb-11
Nos gustaba fumar en la cama y bostezar en la iglesia
De su filosofía bajtiniana
De nuestros estornudos sincronizados
Estoy enamorada de quien no existe
Y quiero enrimarte
Y quiero enversarte
Quiero hacer miles de poemas sobre ti
De esos que no se entienden
De esos que no me gustan
Y que la gente los lea y pretenda entendernos
Pero
Después de todo,
tal vez sea yo la que no exista
Porque si tú eres nadie, yo soy nada.
14-Feb-11
lunes, 29 de noviembre de 2010
- Sin título -
Todos los hombres son hermosos e iguales
Siempre te besan el cuello despacio
Acarician tus senos, se acuestan contigo
Todos los hombres son el mismo
Están hechos de sonrisas efímeras y falsas
Unos te aman, otros no
Pero son lo mismo
Les dices mentiras y te creen, a veces
Porque ellos te besan despacio
Desgarran tu piel y tu sexo a besos
¿Y qué queda después?
Siempre te besan el cuello despacio
Acarician tus senos, se acuestan contigo
Todos los hombres son el mismo
Están hechos de sonrisas efímeras y falsas
Unos te aman, otros no
Pero son lo mismo
Les dices mentiras y te creen, a veces
Porque ellos te besan despacio
Desgarran tu piel y tu sexo a besos
¿Y qué queda después?
martes, 23 de noviembre de 2010
La prohibición del chocolate
¿Por qué no prohibir un placer más? Yo digo que nos rebelemos en contra del chocolate antes de que ellos lo hagan por nosotros, pues es cuestión de tiempo antes de que la Iglesia o el Estado nos diga que el chocolate es algo pecaminoso o falto de moral. Dirían algo como “¡la mujer de allá es pecadora! Su penitencia: comer cuatro lechugas”. Y es que no estarían tan errados al satirizarlo; la guerra de Suez es tan solo un ejemplo de los efectos de la sobredosis de este producto: la ira irracional, la agudización de los sentidos y el empobrecimiento del juicio moral hacen del chocolate un enemigo de la sensatez que tanto distingue al ser humano, un animal tan pacífico como el oso hormiguero y tan inteligente como sólo él mismo.
No sería sorpresa descubrir que no fue una manzana la que protagonizó el problema de Adán y Eva en el Paraíso, sino una grandísima barra de chocolate, diseñada especialmente para seducir a la pareja y apurar su expulsión del Jardín del Edén. Podemos también asumir que el arsénico que mató a Napoleón se encontraba escondido de forma chocolatosa en su cena. Es evidente que el ahora común producto empaquetado bajo la amistosa marca Milky Way o M&M será la causa de nuestra perdición.
Pero ya no más seremos víctimas de la manipulación cacaótica. Después de la Revolución del Chile Mexicano en 1989, en la que se derramó sangre por el amor al picoso condimento, nuestro país quedó en la necesidad de una reforma alimenticia y no podríamos comenzarla de mejor manera que con la prohibición de aquello que tantos problemas ha traído a la humanidad a través de los siglos. Tal vez hasta podríamos darle mejores usos: el chocopote para pavimentar todas las calles de México o las chococletas como medio de transporte; es cuestión de echarle cabeza. Puedo jurar que los científicos—esos que no tienen mucho que hacer y por lo tanto juegan con experimentos ridículos—le encontrarán más de un uso al chocolate. Quién sabe, tal vez en algunos años agradezcamos a un Dr. Nombreimpronunciable de alguna universidad con un presupuesto altísimo, perfecto para despilfarrarlo resolviendo problemas ajenos, por haber descubierto la cura de la enfermedad equivalente a la influenza de su época a través de la manipulación genética del cacao o variando su manera de ser consumida (fumada, inhalada, aspirada, etc.).
Yo tengo un sueño. Sueño con un México atlético y delgado, cuyos policías puedan correr por sus donas y no tengan que pedir mordidas en los bulevares. Sueño con niños comprando espinacas con gusto, comiendo brócoli con sonrisas en sus caras y apreciando cada mordida de un buen betabel. En conclusión y aunque se enoje la Abuelita, vislumbro un México más rico—irónico adjetivo—al conjugarlo con la ausencia del chocolate.
22 Nov 2010
No sería sorpresa descubrir que no fue una manzana la que protagonizó el problema de Adán y Eva en el Paraíso, sino una grandísima barra de chocolate, diseñada especialmente para seducir a la pareja y apurar su expulsión del Jardín del Edén. Podemos también asumir que el arsénico que mató a Napoleón se encontraba escondido de forma chocolatosa en su cena. Es evidente que el ahora común producto empaquetado bajo la amistosa marca Milky Way o M&M será la causa de nuestra perdición.
Pero ya no más seremos víctimas de la manipulación cacaótica. Después de la Revolución del Chile Mexicano en 1989, en la que se derramó sangre por el amor al picoso condimento, nuestro país quedó en la necesidad de una reforma alimenticia y no podríamos comenzarla de mejor manera que con la prohibición de aquello que tantos problemas ha traído a la humanidad a través de los siglos. Tal vez hasta podríamos darle mejores usos: el chocopote para pavimentar todas las calles de México o las chococletas como medio de transporte; es cuestión de echarle cabeza. Puedo jurar que los científicos—esos que no tienen mucho que hacer y por lo tanto juegan con experimentos ridículos—le encontrarán más de un uso al chocolate. Quién sabe, tal vez en algunos años agradezcamos a un Dr. Nombreimpronunciable de alguna universidad con un presupuesto altísimo, perfecto para despilfarrarlo resolviendo problemas ajenos, por haber descubierto la cura de la enfermedad equivalente a la influenza de su época a través de la manipulación genética del cacao o variando su manera de ser consumida (fumada, inhalada, aspirada, etc.).
Yo tengo un sueño. Sueño con un México atlético y delgado, cuyos policías puedan correr por sus donas y no tengan que pedir mordidas en los bulevares. Sueño con niños comprando espinacas con gusto, comiendo brócoli con sonrisas en sus caras y apreciando cada mordida de un buen betabel. En conclusión y aunque se enoje la Abuelita, vislumbro un México más rico—irónico adjetivo—al conjugarlo con la ausencia del chocolate.
22 Nov 2010
martes, 7 de septiembre de 2010
Las Cosas de la Vida
Una cosa siempre lleva a la otra. Es lo que dicen. Y es lo que pasa. Éramos dos, besándonos. Sólo eso, apenas eso. Yo no escuchaba nada más.
No era amor, al menos aún no, aunque dudo si alguna vez lo sería. De repente algo me saca de mi trance. No es algo bonito ni sutil, pero pasa. Porque siempre pasa algo. Él se levanta, enojado. Le han quitado el protagonismo y ahora mi atención no es para él. El causante de la interrupción se mantiene al margen, tiene miedo, y mi compañero no hace más que infundirlo.
“Fue un accidente. No es que el niño haya querido pegarme con la pelota.”
No entiende razón. ¿Cómo le van a hacer esto a él? Esto ya no se trata de mí. El mundo se confabula en su contra, y gritarle a un niño de ocho, tal vez nueve años, es su versión de la justicia. Me aburre su discusión, los dos son inmaduros: cuál más, es difícil decirlo. Por fin llega un adulto maduro—o eso creía yo. A ella le importaba lo suficiente como para involucrarse. La madre del niño se ve enfurecida, no tiene mucha clase y su elección de palabras delata el tipo de vida que ha tenido. Ella es quien debería estar enojada con la vida, no él. Él lo ha tenido todo, ella no.
Lo domina. Ella lo domina a él. Claro, las peleas de él se limitan a unas cuantas palabras altisonantes. Las de ella no. Por eso no me sorprendió lo que siguió.
“…Y no quiero volverlos a ver por aquí. Par de idiotas calientes que no tienen nada mejor qué hacer. Qué vergüenza.” Sus palabras, muy censuradas ahora por mí, le abrieron el telón al acto principal: su escupitajo. ¡Qué falta de moral! Su saliva llegó con destreza a nuestras caras—de una manera que dejaba notar que no era la primera vez—y logró cubrir de rojo la de su pobre hijo, quien, avergonzado, retrocedió un par de pasos hacia la sombra. Él lo notó. Yo me enojé.
“¿Cómo se atreve, estúpida?” Y eso es todo lo que recuerdo de una discusión que sin duda duró varios minutos. Estaba ebria de rabia. No me controlé. Creo que hubo golpes, todo me duele. El niño y él se hicieron parte de una borrosa escenografía que desaparecía según crecía mi rabia.
Después supe lo que pasó con ellos dos, pero no quise preguntar detalles sobre la confrontación. No quiero recordarme así, no me reconozco así. Ellos lo olvidaron, con seguridad los tres. El niño y su madre están notoriamente acostumbrados a este tipo de situaciones, es una lástima. Y él, a él le venía bien una puesta en su lugar. Él se lo buscó. Yo por el otro lado, yo fui sólo testigo hasta que no lo fui. Una cosa llevó a la otra y terminé en una pelea en público con otra mujer. ¿En qué me convertí?
No era amor, al menos aún no, aunque dudo si alguna vez lo sería. De repente algo me saca de mi trance. No es algo bonito ni sutil, pero pasa. Porque siempre pasa algo. Él se levanta, enojado. Le han quitado el protagonismo y ahora mi atención no es para él. El causante de la interrupción se mantiene al margen, tiene miedo, y mi compañero no hace más que infundirlo.
“Fue un accidente. No es que el niño haya querido pegarme con la pelota.”
No entiende razón. ¿Cómo le van a hacer esto a él? Esto ya no se trata de mí. El mundo se confabula en su contra, y gritarle a un niño de ocho, tal vez nueve años, es su versión de la justicia. Me aburre su discusión, los dos son inmaduros: cuál más, es difícil decirlo. Por fin llega un adulto maduro—o eso creía yo. A ella le importaba lo suficiente como para involucrarse. La madre del niño se ve enfurecida, no tiene mucha clase y su elección de palabras delata el tipo de vida que ha tenido. Ella es quien debería estar enojada con la vida, no él. Él lo ha tenido todo, ella no.
Lo domina. Ella lo domina a él. Claro, las peleas de él se limitan a unas cuantas palabras altisonantes. Las de ella no. Por eso no me sorprendió lo que siguió.
“…Y no quiero volverlos a ver por aquí. Par de idiotas calientes que no tienen nada mejor qué hacer. Qué vergüenza.” Sus palabras, muy censuradas ahora por mí, le abrieron el telón al acto principal: su escupitajo. ¡Qué falta de moral! Su saliva llegó con destreza a nuestras caras—de una manera que dejaba notar que no era la primera vez—y logró cubrir de rojo la de su pobre hijo, quien, avergonzado, retrocedió un par de pasos hacia la sombra. Él lo notó. Yo me enojé.
“¿Cómo se atreve, estúpida?” Y eso es todo lo que recuerdo de una discusión que sin duda duró varios minutos. Estaba ebria de rabia. No me controlé. Creo que hubo golpes, todo me duele. El niño y él se hicieron parte de una borrosa escenografía que desaparecía según crecía mi rabia.
Después supe lo que pasó con ellos dos, pero no quise preguntar detalles sobre la confrontación. No quiero recordarme así, no me reconozco así. Ellos lo olvidaron, con seguridad los tres. El niño y su madre están notoriamente acostumbrados a este tipo de situaciones, es una lástima. Y él, a él le venía bien una puesta en su lugar. Él se lo buscó. Yo por el otro lado, yo fui sólo testigo hasta que no lo fui. Una cosa llevó a la otra y terminé en una pelea en público con otra mujer. ¿En qué me convertí?
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